Aprendí que detrás de tus ojos existía una puerta a la inocencia, a un mundo que quizá eran nuevo para ti como para mí...
Rodé por tu piel como si de un circuito se tratase y perdí la cabeza en más de una ocasión en ese fetiche tan estúpido que tengo con las manos. Y, joder, ¡tus manos...!
Derrumbé tus muros por descubrirte sin saber que haría añicos incluso tus escombros, y soñé con recomponerte sólo para poder cuidarte entre tanto.
A mi manera.
Sonreí a tu salud al resurgir de tus cenizas y abracé todo atisbo de cariño, acariciando atardeceres bañados en arena.
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