Hoy la vida sonrió.
Fue por un segundo
en el que me pilló despistado;
yo ni la había visto llegar,
con sus pestañas rizadas
y su carmín profundo.
Vino de la mano de tu recuerdo,
limpiándole las migas de aquel mes de abril.
Él no se enfadaba ya,
quizá es que se ha hecho mayor;
quizá es que ha pasado tiempo y ha madurado...
Se me acercó lento y,
sin pensarlo dos veces,
se puso a recordar al borde de mi cama
que el mes de mayo tenía como destino Suecia;
quién le diría a él, tan sempiterno,
que cuando llegó en febrero,
yo ya había empezado a padecer los síntomas...
Y entonces, ella -la vida-, me sonreía pícara;
sabía que la mezcla agridulce de sensaciones me confundía.
Quién me iba a decir a mí
que el síndrome de Estocolmo este que siento
no va y viene con el viento.
Se lo trae guardadito en un bolsillo tu recuerdo.