Volvía a sonar Tiersen mientras me reflejaba en sus ojos. El tiempo no se quería detener ni un segundo, volaba casi tan rápido como su respiración cada vez que su piel erizaba la mía. Sus besos no me daban tregua; me convirtió en un yonki de su boca.
63 millas pensando en sus perfectas manos jugando más allá de mis sentidos. Me intimidaba y atraía a partes iguales. ¡Y qué bien quedaba entre sábanas blancas!
Eso sí es como flotar entre las nubes...
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