Olía dulce, como cuando paseas por la feria y sabes que cerca de ti hay un puesto de algodón de azúcar, de ese que te encanta y comprarías cada vez que se acabase el anterior. Al recordar su mirada cómplice antes del beso empiezan a sonar los primeros acordes de "Comptine d'Un Autre Été" y todo se reduce al minimalismo que tocaría Tiersen, al segundo en que su sonrisa se ve expuesta como en una foto de Bresson.
Es suave. Su tacto se eleva a la categoría de diente de león, delicado; sin embargo, desearías acercar tu boca y agitar hasta el último de sus átomos, crear un caos en su interior que te embriague de satisfacción.
¿Su piel? El imán más potente que se puede conocer en una madrugada de diciembre en la que sentí de todo, menos frío. El deseo calienta hasta el más frío de los corazones.
No echo de menos sus manos porque cada vez que cierro los ojos las recuerdo rodando por mi mejilla, bajando por mi cuello... Recuerdo su respiración agitada recorriendo mi vientre, molestándose por mis cosquillas sin dejar de buscarme el suspiro.
Y mientras, el tiempo pasa, pero de mi mente no se borra su imagen mordiéndose el labio en medio de la oscuridad (¡uf!).
No hay comentarios:
Publicar un comentario