viernes, 10 de junio de 2016

un quince de abril a las once treinta



Allí estabas
haciendo que todo pareciese 
demasiado fácil.
Ni la alarma de incendios
sonó
ni los servicios de emergencia lograron apagar
mi fuego.
No pudiste ver 
que ardía
en deseos de quererte
como se quieren en las novelas mexicanas:
de un modo exagerado.

Fácil
era perderme en ese viaje
infinito
de tus piernas libres de pantalón
como si de un roadtrip se tratase
que aunque careciese de chófer
el recorrido ya me lo sé:
mi viaje favorito 
comienza en el mordisco de tu nuca, 
pasa por tu pecho, 
agarrándome a la tinta de tu antebrazo 
(que si me caigo
que sea sobre seguro)
y acaba en donde los dos nos fundimos
en uno.

Etiquetaría con posesivos
cada parte de tu anatomía;
yo, que he sido tan de letras, aprendería
en tan sólo un segundo
el nombre de cada uno de los músculos y tendondes
de ese cuerpo tan tuyo
que haría mío.

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